El Castillo — Un encuentro

Caía la tarde sobre mi cabeza ausente postrada en el piso de mi cuarto. Empezaba el distanciamiento entre las personas con las que convivía y yo. Era una tarde de verano de 1996 tumbado en el frío suelo al momento en que mi ser abandonaba la conciencia y una pequeña y salada gota recorría mi mejilla izquierda. El sueño empieza.

Me encuentro en un espacio grande y abierto. Se escuchan sonidos extraños por cualquier lado que le pongo atención. Una densa niebla me impide ver más allá del largo de mi brazo extendido utilizándolo para saber si en lo que estoy caminando no hay obstáculos con los cuales tropezarme. Está claro, pero el ambiente es obscuro.

Empiezo a distinguir los sonidos que me parecían extraños logrando diferenciarlos como gritos de personas pidiendo auxilio seguidos de un quejido bestial, después el quejido y los gritos de las personas se escuchaban al mismo tiempo y después silencio. Luego se repetía una y otra vez, a cada vez que sucedía se percibía un aumento en su grado de gritar, haciéndolo cada vez más violento, tanto el grito como el quejido.

Sentía nervios. "No quiero estar aquí ¿cómo salgo?". Empecé a alargar el paso, no me importaba hacia dónde me llevara mientras escuchara que los aterradores sonidos se alejaban.

Después de un tiempo de estar caminando, la niebla empezó a disiparse poco a poco, noté que estaba caminando sobre una clara calle empedrada en bloques de mariposa —por darles un nombre. Poco después la visión alcanzó una distancia muy considerable como para poder ver los límites de la calle. Más allá de estos se veía un obscuro bosque. Empecé a escuchar de nuevo los sonidos de personas y otras critaturas gritando tras unos arbustos.

Tranquilamente, pero no con menos nervios, me acerqué hacia el arbusto de donde provenían tales alaridos. Un macabro espectáculo era lo que esperaba al mirar tras de él. Tres personas, dos mujeres y un hombre, desnudas eran marcadas por una sombra por todo el cuerpo con una especie de látigo con púas. Gritaban y chillaban tan horrendamente mientras su piel se levantaba a tirones de sus huesos. Cuando empezaban a desfallecerse, la sombra verduga se avalanzó sobre los tres y de dos movimientos rápidos los despedazó en sus últimos alientos.

Contenta por su hazaña, la sombra empezó con una extraña danza combinada con chillidos y gritos alrededor de los tres cuerpos mutilados. De repente se detiene, gira la cabeza en todas las direcciones que le permite como buscando algo. Se da media vuelta y alcanza a visualizarme inmóvil, impactado. Nos quedamos observándonos apenas unos segundos y haciendo un gesto casi sonriente desaparece entre la espesura del bosque dibujada detrás suyo.

Indiferente, sigo el camino que se muestra frente a mí, a cada paso que doy puede verse mejor la anchura de la calle por la que camino. De repente estoy sobre un puente y al final de él está la entrada a un pequeño pueblo.

La niebla se ha disipado por completo, lo que me permite ver las casas que se levantan a mi alrededor, de diversos colores y no más altos de dos plantas. Camino sin rumbo en este nuevo mundo, me siento cansado. Apenas me estoy dando cuenta de ello y me encuentro en una plaza sin color verde alguno, apenas piedra gris, sin brillo.

Al centro de ella veo una fuente simple, apenas una pileta circular, pero de gran tamaño. Recargado en ella había un hombre trajeado en color gris con sombrero y una gabardina. No se podía ver su rostro. Me acerco teniendo en mente las típicas frase: "buenos días", "¿dónde estoy?", "¿quién eres?", "¿cómo salgo de aquí?" ...

Hombre: ¿Cómo has estado Phersho?
Phersho: Bien gracias, ¿cómo sabes mi nombre?
Hombre: Tengo que saberlo, es parte de mi trabajo.
Phersho: ¿Tu trabajo?
Hombre: Verás, me mandaron a darte un regalo.
Phersho: ¿De qué se trata?
Hombre: Es un lugar a donde podrás habitar el tiempo que tu quieras. Hasta que decidas que ya no lo necesitas.
Phersho: ¿Que no los regalos son para siempre?
Hombre: Apenas eres un niño jajaja. Los regalos no son para siempre, están muy distantes de serlo. Todo regalo es circunstancial al tiempo de una persona.
Phersho: Hablas como que medio raro ... No te entiendo.
Hombre: Te mientes a ti mismo, no conoces las palabras más sí entiendes.
Phersho: ¿Quién me está dando este regalo?
Hombre: No lo sé, sólo soy el mensajero y el encargado de estar en él para lo que necesites.
Phersho: Y ¿qué es ese lugar?
Hombre: Está muy lejos, en un valle muy lejano de aquí. Vamos a él.
Phersho: Pero es que estoy cansado, estuve caminando mucho por un bosque extraño ¿No podemos ir a descansar un poco o ir a comer algo?
Hombre: Vámonos.

El tipo en cuestión me toma del brazo, al mismo tiempo que si rostro se ilumina, gran resplandor que inclusive alcanza a traspasar el bosque que se encontraba a los alrededores del pueblo. Su gabardina se abre y se empieza a ensanchar. Lo inmediato que estoy viendo es que estamos a una gran altura del pueblo, pasamos el bosque por donde había llegado. Apenas puedo distinguir ciudades, edificios, lagos. Creo que cruzamos un mar, un océano. Más ciudades pasan debajo de nosotros. Empieza un campo verde, montañas, hermosos lagos. De repente una luz cegadora me obliga a cerrar los ojos, siento que tocamos el suelo, me encuentro de pie.

Hombre: Hemos llegado.
Phersho: ¿A dónde?
Hombre: Bienvenido a tu Castillo, Lord Fernando.
Phersho: ¿eh?
Hombre: Sin embargo, tu primer recorrido lo haremos en otra ocasión. Vete a cenar, te están esperando.
Phersho: ¿De qué hablas?

[...]

Madre: ¡Fernando! ¡Ven a cenar!
Phersho: [maldita sea |-_-|]

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