Corre

Uno de los primeros sueños que recuerdo se manifestó cuando tenía 4 años. Vivíamos en Mérida.

Iba caminando por el vecindario donde vivíamos tomado de la mano de mi padre. No decíamos palabras, sólo caminábamos. En un trayecto que en la realidad es de tres cuadras en este sueño se había convertido en una odisea maratónica. En el cielo se manifestaba, lo que yo creo, era un atardecer... aparentaba. El cielo se tiñaba de un color rojo obscuro a cada paso que dabámos. Al parecer en mis sueños tenía una mente más lúcida, pues podía tener una conversación con un vocabulario extenso :-P...

- Papá: Fer apúrale, hay que llegar a casa para que tu mamá no se preocupe por nosotros.
- Phersho: ¿Porqué? La casa no se va a mover de donde está... Y ya estamos muy cerca [...].
¿porqué empezamos a correr?
- Es que se está haciendo de noche hijo... hay que apurarnos o nos puede ir mal.

El cielo se transformó. De pasar a ser un chilleante cielo despejado, la obscuridad se hizo presente. Dos Lunas inmensas se dibujaban en el cielo, una blanca resplandeciente, otra grisácea. El "decorado" en las calles también había cambiado. En cada esquina que se mostraba despejada, de repente aparecieron unos postes de tres luces. Las lámparas de éstos eran completamente esféricas, y aunque se notaba que emitían luz ésta no concordaba con la que hacía contacto en la acera, en la calle, en las casas que estaban al rededor de ellos en sus cercanías. Estábamos de bajada, y siguiendo esa dirección, hacia nuestra espalda estaba la luna blanca que se alzaba en lo alto de la calle de la misma forma en la que se aposentaría en una montaña. En la otra dirección, hacia el frente, estaba hacia arriba la otra luna grisácea.

Seguíamos corriendo. No nos deteníamos, me estaba empezando a dar miedo. No entendía que estaba pasando. Conforme avanzamos se dieron otros detalles que me ponían más nervioso. Las calles estaban cubiertas de escamas, las lámparas de los postes de luz fueron reemplazadas por antorchas ardientes que ilumbinaban con un color ámbar.

Se vislumbró la esquina de la cuadra donde vivíamos, faltaban dos para llegar. A mitad de camino nos arriba una persona vestida de negro. Entiendo que es una persona anciana, estaba encapuchada dejando ver sólo la mitad de abajo de su rostro. Se ayudaba con un largo bastón para andar. Una vez que se detuvo, giró en dirección a nosotros y dirigió una mirada a mi papá.

- Encapuchado: Tienen que correr, él les está pisando los talones. Tiene hambre, es que no le he podido dar de comer. Pero ya no me preocuparé más, con el niño que llevas será suficiente para que él viva por el resto de los días. Es una lástima que no crecerá. Todo es por el bien.

Mi papá volteó a verme y después volvió a ver al encapuchado, en la obscuridad que le brindaba la noche se desvaneció, dejando sólo su bastón.

Un sonido atrás de nosotros llamó nuestra atención, como si hubieran golpeado a algún bote de basura metálico. La luna blanca aposentada en la calle hacía gala de presentadora de ansiosa criatura. Algún híbrido de hombre-lobo y demonio hacía gala de su cuerpo renaciente, lo probaba, lo degustaba en cada movimiento que hacía, como si acabara de nacer. Aullaba y chillaba. Cada vez más y más fuerte. Arqueando salvajemente su espalda, la luz de la luna dejaba ver la envergadura de sus negras alas. Cubierto de vello por todo el cuerpo, sólo dejando el rostro al descubierto. Su piel negra servía sólo para resaltar sus luminosos ojos amarillos. Su ocico y nariz eran una protuberancia como de coyote, afilados colmillos blancos y morada lengua, por ellos escurría su salivante sustancia. Caminaba erguido y acechante, con una agilidad ingeniosa, dejando una pequeña estela en varios de sus movimientos más rápidos. Cual araña, el engendro se aferraba a las paredes de las casas de su alrededor.

Se detuvo. Entro por una ventana a una de las casas que tenía las luces encendidas. Salió jalando a un pequeño cuerpo semidesnudo, lo aventó al suelo. Era una pequeña niña de cabello castaño, ojos verdes y mejillas rosadas. El engendró saltó de la pared justo a un lado de ella. La miró por unos instantes, algo vió en ella. Empezó a ladrar y gruñir, lanzó un gran gemido y acto inmediato empezó a devorar a la niña. Sólo quedó sangre una pequeña mano como evidencia de su existencia.

Después de la impresión, nos dispusimos a correr de nuevo. A cada paso que avanzábamos notábamos que las luces de las casas se apagaban, las antorchas perdían intensidad y se convertían en una especie de llama blanquiazul. Corríamos.

Llegamos a la esquina de la cuadra donde vivíamos... Sorpresa en mayúsculas. Justo en la esquina se dibujaba un pantano negro e hirviente. Como vecino había una combinación entre castillo y molino. Fachada de color mostaza y sin ventanas. Enorme la construcción, ocupaba casi toda la cuadra. Después seguía una especie de lago verdoso y luego nuestra casa.

Seguimos corriendo, yo agarrado de la mano de mi papá. Volví la vista para vislumbrar al engendro que nos seguía. Gracias a la luz de la luna y de las antorchas blanquiazules pude ver que alternaba entre saltar y volar. Se acercaba rápidamente a nosotros.

Pasamos el pantano que estaba en la esquina y el engendro de cerca nos seguía. Mi papá me jaló hacia el castillo/molino. Una inmensa puerta de madera anunciaba la entrada. La abrimos y la cerramos al entrar. Nos encontramos en un largo pasillo sin ninguna clase de decoración. Al fondo se distinguía otra entrada. Corrimos hacia ella. Al llegar ví que unos escalones bajaban en caracol y eran iluminados por antorchas normales :-P. Empezamos el rápido descenso.

- Phersho: Papá ¿Porqué no peleamos y le ganamos a la cosa esa que nos viene siguiendo?
- Papá: Porque yo no le puedo ganar. Y tú ignoras lo que eres.
- ¿Yo que soy?
- No debes de morir.

Seguíamos nuestro descenso. Después de mucho correr en espiral, apareció una tablilla clavadaa a la pared exterior. Escrita en rojizas grafías.

Inferno

- Hijo, estamos yendo en dirección equivocada.
- ¿porqué?
- No debes ir ahí. Si vas en este momento no te dejarán salir. Querrán que te quedes con ellos.
- Pero... ¿No es esa la salida?
- No, es una entrada. Cuando seas más grande podrás entrar a ése lugar, y a muchos otros, sin que te veas afectado. Pero no estás preparado. Tenemos que regresar.
- Pero el monstruo viene atrás de nosotros.
- Cuando llegue, lo sujetaré. Todo el tiempo que sea posible. Tú correrás hacia arriba y correrás a la casa ¿Te parece?
- ¿Y tú?
- Yo no soy tu problema. Sólo corre a la casa.

Apareció el engendro arrastrándose en la pared interna. Mostrando sus intimidantes fauses se lanzó hacia nosotros nos hicimos hacia atrás. Mi papá cogió una antorcha y se la aventó. Tenía cierto efecto desestabilizador. Hizo lo mismo varias veces hasta que logró colarse atrás de él y sujetaba sus alas y sus brazos.

- Corre.

Empecé el ascenso Llegué al inicio. Salí. Oh, sorpresa.

Un brillante sol adornaba de luz el día. Un cielo azul se extendía. No entendí lo que pasó. Corrí a la casa. No había ni pantano, ni lago, ni postes de luz, ni antorchas.

Llegué a la casa.

- ¡Mamá! ¡Mamá! A papá lo está atacando un monstruo.
- Que niño tan imaginativo. Tu papá está trabajando en la plataforma. Los monstruos no existen.

Después de mucho tiempo de tratar de convencerla, desistí. No sabía qué hacer para que me creyera. Salí a la calle. Luego a la esquina. De la casa donde se había metido el engendro para sacar a la niña, salía un señor. Se acercó a mí.

- ¿No viste a un monstruo de casualidad ayer en la noche?
- Sí.
- ¿Sabes dónde está?
- Sí.
- ¿Porque no lo matas?
- Porque no sé cómo. Mi mamá no me cree que ví un monstruo.
- Siendo tú, no creo que tengas problemas. Sólo vé y hazle cara.
- ¿Quién es usted?
- El padre de la niña a la que mató la criatura infernal.

No sé con qué coraje me habré armado. Me fuí de ese encuentro al castillo/molino. Entré Llegué al punto donde me había separado de mi papá.

Había una pista de sangre que descendía. Después de varias vueltas, llegué al cuerpo sin vida de mi papá tendido en el suelo.

- Al rato regreso por tí —sin detenerme y con la vista al frente.

Más adelante estaba la criatura bañada de sangre. Volvió la vista hacia donde me encontraba. Haciendo una mueva de sonrisa, empzó a acecharme. Seguí caminando, no me detuvo. La criatura se lanzó hacia mí.

En un instante pasó una cosa rara: mis ojos, de tener un color café, empezaron a mutar. Un blanco brillante entintó mis iris y sobre ellos se formó una flor de un claro gris. Toda la escena resplandeció. No estaba la criatura. Seguí bajandoa Inferno.

Llegué a un cuarto obscuro. Siluetas de entes humanas y no humanas se dibujaban en las sombras y claroscuros. Un hombre de larga cabellera negra se posicionó frente a mí.

- Bienvenido Fernando.
- Hola ¿Quién eres?
- Depende, puedo ser tu amigo o tu enemigo.
- Ni tu amigo ni tu enemigo quiero ser.
- Bueno ¿Qué quieres?
- ¿Porqué me quieres asesinar?
- Para tener ventaja.
- ¿De qué? ¿Qué te he hecho?
- Nada. Es sólo que eres un albur. No sé que es lo que pasará contigo. No tengo el poder para saberlo ni para manipular tu existencia.
- Quiero que te vayas de aquí.
- ¿Y si no?

Nuevamente se empieza a dar la transformación que momentos antes había hecho y que hizo que desapareciera la criatura. El resplandor lo genera mi cuerpo. Ilumina toda la habitación dejando ver a los demás engendros que salen rápidamente para cubrirse de la cegadora luz. Muchos de estos se desvanecieron en el aire. Sólo quedamos mi interlocutor y yo.

- Quiero que me dejes en paz.
- Razón.
- No sé qué quieres. No me interesa. Sólo quiero jugar, estudiar, crecer. No me interesas. No me estorbes.
- Al final puede que tú me estorbes.
- ¿Porqué?
- No sabemos qué es lo que vayas a decidir.
- Corre el riesgo entonces.

Salí de la habitación. Empezé nuevamente el ascenso hacia el mundo. En el camino me reencontré con el cuerpo de mi papá. Pasé mi mano derecha por su cabeza. Cuando hice contacto con él, mis ojos hicieron algo parecido a lo anterior. Sólo que mi cuerpo no resplandecía y el color de mis ojos se hizo verde. Torpemente se levantó de las escaleras.

- ¿Qué haces?
- Aquí estoy.
- ¿Dónde andamos?
- No sé.
- Mmm... ¿Para dónde es la salida?
- Para arriba.
- Bueno.
- Papá ¿qué soy?
- Eres mi hijo. Eres Fernando. Eres Tú.
- Bueno |-_-|.
- ¿Porqué no me dices?
- ¿Qué?
- ¿Qué pasó con la criatura?
- Desapareció.

Subimos hasta llegar a la calle. Llegamos a la casa. Mi papá se metió. Al momento de cruzar la puerta volteó a verme:

- No le vayas a decir a tu madre.
- Bueno.

El entró. Yo me quedé afuera y me senté a la orilla de la cochera que daba a la calle. Mirando a las personas pasar. Ninguna mostraba diferencia alguna.

De repente apareció una figura conocida. Una pequeña linda niña de cabello castaño, ojos verdes y mejillas rosadas se apareció frente a mí tomada de la mano de su padre. Se acercó sonriéndome.

- Hola.
- Hola.
- ¿Cómo te llamas?
- Fernando.
- Muchas gracias Fernando.
- ¿Cómo regresaste?
- Mataste al monstruo que me devoró. Mi cuerpo se reconstruyó y aquí estoy.

Se sentó a mi lado, volteó su cara hacia mi cabeza. Se acercó rápidamente y me besó en la mejilla derecha.

- ¿Cómo te llamas?
- Yo me llamo...

La siguiente imagen que recuerdo es a mi madre levantándome para que me vaya a la escuela. Y yo molesto le reclamé que por su culpa ya no me dijo cómo se llamaba la niña.

- Jajajaja.... Sigues dormido Fer.

Ese día que desperté, en la tarde, me dieron la que recuerdo es mi primera plática religiosa :-P.

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